Gabriela tenía 25 años cuando Don Gabriel Durán, se vio precisado a trasladarse con toda su familia de Firavitoba a Villa de Leiva, motivado, tanto por la cercanía y apoyo de sus hijos, como por la bondad del clima. Allí llegaron en 1873, año en el que falleció su esposa. Don Gabriel murió seis años después y fue sepultado en Leiva el 9 de junio de 1879, por el Padre Saturnino Gutiérrez, Párroco de la Villa.
Fray Saturnino Gutiérrez, Dominico, era además Vicario, Capellán y Director espiritual de las Monjas Carmelitas.
La familia Durán Párraga y el Padre Gutiérrez se ligaron en una amistad cálida, sincera y perdurable. Gabriela, quien poseía una formación bien cimentada y mucha delicadeza de conciencia, encontró en el P. Gutiérrez un sorprendente director espiritual. Con la ayuda de él orientó su vida hacia la vocación religiosa, e ingresó al Carmelo. Los 4 meses y 23 días que permaneció allí, de donde tuvo que retirarse por motivo de enfermedad, le fueron suficientes para valorar la espiritualidad carmelitana, y para volver muchas veces con cariño a tomar ejemplo y consejo de sus maestras en la vida de oración.
En los primeros días de julio de 1877 llegaron a la Villa de Leiva las Señoritas Rosa, Matilde y Virginia Umaña, quienes venían de Bogotá con la intención de pasar allí dos meses de descanso, tiempo que fue suficiente para ser motivadas por el P. Gutiérrez a fundar en Leiva un colegio y escuela para niñas pobres. Se tomó en arriendo al Cabildo el Convento de San Agustín, y se fundó el colegio, bajo el patrocinio de Ntra. Señora de Lourdes. Sucesivamente se fueron uniendo a ellas, como profesoras, Sara Rojas, Gabriela y Mercedes Durán e Isabel Briceño. Su aspiración era además, abrazar la vida religiosa en comunidad. El Padre Saturnino les aconsejó ir gradualmente, y les propuso conocer el espíritu de la Tercera Orden Seglar Dominicana, fundada por él en Leiva. Las inició en la oración personal y comunitaria y les dio un reglamento. Ya muy seguras de su decisión de optar por la vida religiosa dominicana, contemplativa y apostólica, pronunciaron sus votos el 18 de febrero de 1880, ante el P. Saturnino Gutiérrez, en ceremonia a la que asistieron las monjas Carmelitas y las alumnas del colegio
La presencia del P. Gutiérrez en la fundación de la Congregación de Dominicas de Santa Catalina de Sena es protagónica, pues desde la motivación inicial hasta su muerte fue él quien animó con el carisma dominicano a la comunidad, porque lo llevaba arraigado en su espíritu y con ese fuego lo transmitió a las hermanas.
La primera Superiora fue la Madre Rosa de Santa Teresa Umaña. Al cumplir ésta los tres años de su mandato, fue nombrada Superiora la Madre Gabriela de San Martín y confirmada como Superiora General de la Congregación por el Sr. Delegado Apostólico, Antonio Sabatucci, quien manifestó gustoso dar ese documento como certificado de aprobación a la Congregación, pues le constaba el bien espiritual y material que realizaban las religiosas en la educación de las niñas y en otras obras de caridad cristiana.
A la Madre Gabriela la distinguió su fidelidad a la Iglesia, y tuvo la satisfacción de recibir para la Congregación el “Decreto Laudatorio”, otorgado por S. S. San Pío X, el 29 de junio de 1912.
Mantuvo siempre una actitud cercana a la Orden Dominicana y muy pronto pidió documento explícito de anexión de la Congregación a ella, en la inteligencia siempre de que había nacido en el cauce de la Tercera Orden. Le fue otorgado por el Maestro General, Fray Jacinto María Cormier el 2 de octubre de 1910.
Bendecida por Dios, la Congregación creció en medio de la pobreza, que fur el ambiente general derivado de las guerras fratricidas que asolaron al país en el tiempo de la fundación. Gobernar una Congregación naciente en esas circunstancias, constituía para la primera responsable de su sustento, de su desarrollo y crecimiento, un esfuerzo y trabajo sobrehumanos, pero la sostuvo su fe y seguridad en la respuesta de la Divina Providencia.
Observando las primeras fundaciones concluimos que las personas sensibles al sufrimiento de los pobres y de los enfermos y heridos de la guerra, miraban hacia la Congregación como su horizonte de salvación, y la Madre Gabriela acogía sus peticiones en cuanto el personal de Hermanas alcanzara, aun con riesgo de fracasar al poco tiempo, como sucedió algunas veces, por el escaso presupuesto que podían ofrecerle para el sostenimiento de las obras. Cuando fundaba un colegio, le pedían al mismo tiempo el servicio de las Hermanas para el Hospital y eso propició la apertura de la Congregación hacia dos campos específicos de opción por la vida: la educación y la salud.
Su expresión “Suaves en el modo, firmes en el objeto”, se ha convertido en una afirmación clásica en las instituciones educativas de la Congregación como norma eficaz de pedagogía, y se reconoce en sus cartas, en las que trataba amable, cordial y respetuosamente a las personas a quienes se dirigía; y aunque a veces tuviera que mostrarse rigurosa en sus decisiones, volvía en seguida con naturalidad a su afectuosa sencillez.
Sufría cuando no podía contestar la correspondencia a causa de sus frecuentes dolores de cabeza, de su prematura limitación de la vista y de su poca destreza para manejar la pluma; pero cuando lo hacía personalmente, o ayudada por sus secretarias, era muy atinada y clara en sus ideas y muy cariñosa y sincera en sus manifestaciones de aprecio, de comprensión de los problemas, de solidaridad en las penas. Igual actitud de ternura hacia las novicias, y en su relación con las Hermanas. Ese estilo de gobierno en el que reflejaba el amor que Dios nos tiene, fue el lazo que anudó a la Congregación en la fraternidad.
La Madre Gabriela, Cofundadora y Superiora General durante 22 años, falleció el 19 de julio de 1927. .
La Congregación ha sintetizado su herencia espiritual en las siguientes expresiones:
- Dimensión contemplativa.
- Actitud de humilde servicio al Evangelio.
- Predicación de la Verdad por el testimonio de vida y por la Palabra.
- Comunidad fraterna, como inspiradora del apostolado.
- Opción preferencial por los más empobrecidos y necesitados.
- Amor y devoción a Nuestra Señora del Rosario.
La trascendencia de su espiritualidad a lo largo de 127 años, ha suscitado en la Congregación el deseo de su beatificación, y actualmente se prepara para solicitarla ante la Santa Iglesia.
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